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miércoles 17 de septiembre de 2008, 19:43:49
Tempestades en el 2004
Tipo de Entrada: RELATO | 1242 visitas

Ascensión al Tempestades y que, por ser de las rutas menos transitadas del Pirineo Aragonés, nos dió la oportunidad de disfrutar de una visión privilegiada del Aneto.

No recuerdo ya el fin de semana exactamente, pues mucho tiempo ha pasado desde que Sandra y yo ascendimos a este tresmil.

Pero hay detalles difíciles de olvidar. Como el sufrimiento que pasamos los dos días que estuvimos en Benasque para realizar esta ascensión. Y que conste que no quiero ser catastrofista ni deseo desanimar a nadie, pues la montaña tiene esto. Belleza y sufrimiento, unas veces toca disfrutar mucho y sufrir poco, y otras sufrir mucho y distrutar poco. Tocó lo segundo. Aunque esos pocos momentos me quedaron grabados para siempre.

Salimos de Barcelona el sábado a eso de las 10 horas, para llegar a Benasque sobre las 12 más o menos. Así comenzaríamos a andar desde el Plan de la Senarta a las 13 horas y para las 15 horas estaríamos comiendo en el refugio Coronas.

Ahí cometí mi primer error. Todo muy calculado, que si no hacia falta madrugar, que si caminar por una pista forestal sólo nos llevaría dos horas, que si para la hora de comer estaríamos en el refugio, bla, bla, bla. Tonterías.

Resulta que comenzamos a andar a eso de las 13 horas, creo recordar, pero lo que no había imaginado era que desde el Plan de la Senarta el camino por la pista forestal iba a ser tan duro. Durísimo cargados con la tienda, el hornillo, la cacerola, los sacos, los aislantes, ropa, etc...

¡Por Dios!, que tiempos aquellos con la mochila destrozándome los hombros con el peso.

¡¡Nunca más volveré subir una pista forestal tan larga si hay un autobús que te la ahorre!!.

Llegamos más tarde de lo previsto al refugio de pescadores de Coronas. Pasadas las 15 horas seguro, no lo recuerdo con exactitud. Y como era de preveer, ante la posibilidad de que nos oscureciera sin montar la tienda pues continuamos del tirón. Sin comer y con las rodillas y los hombros molidos con el peso.

A eso de las 17 horas no tuvimos más remedio que parar a alimentarnos o de lo contrario nos derreríamos de tando sudar y no meterle nada al cuerpo.

Es curioso, en aquel momento no lo supe, pero nos paramos a comer (con el hornillo y la pasta a herbir) en la Pleta de Llosars. Creo que se llama así a la pradera que hay donde desaguan varios torrentes, entre ellos el que viene del ibón de Llosás.

Una vez saciado el hambre y con el atardecer más próximo reiniciamos la dura marcha. Como estaba desorientado (a pesar de llevar el mapa) pues cruzamos el puente de madera que cruza el trorrente principal ¡¡y continuamos ascendiendo en dirección a los ibones de Ballibierna!!. Salvando piedras con tanto peso, no podíamos casi con las mochilas.

Llegado este punto le dije a Sandra que se esperara junto al torrente que bajaba por el GR que viene de los ibones de Ballibierna y me lancé a la aventura. Aunque sin la mochila.

A paso ligero y cruzando la ladera me acerqué, sin atreverme a perder de nuevo la altitud que habíamos ganado desde la Pleta de Llosars, a un torrente que descendía desde la otra punta de la pradera. Encima del torrerte pude distinguir una pared de piedra oscura y ¡¡¡se me hizo la luz!!!.

¿Podría esta pared corresponder a la sucesión de lineas de desnivel muy juntas que el mapa indicaba en una de las orillas del ibón de Llosás?. Sólo había una forma de asegurarse y no pensaba arriesgarme a subir hasta el lugar donde comenzaba la cascada o torrente, cargado con las mochilas para luego tener que darnos la vuelta. Así que a un ritmo frenético, más por los nervios que por que estuviera pletórico de fuerzas, subí los 200 metros campo a través hasta llegar ¡¡al ibón de Llosás!!.

No puedo describir el alivio que sentí en aquel instante. A las 18 horas pasadas de ese sábado, al fín tenía la certeza que lograríamos montar la tienda antes del anochecer.

Con este argumento tan sólido no me costó convencer a Sandra para que realizase el último esfuerzo del día hasta llegar al ibón.

Terminamos de montar la tienda pasadas las 19 horas, cuando la gente que había plantado las suyas llevaba horas disfrutando de la veraniega tarde sentados en aquel idílico lugar.

Cenamos poca cosa, pues no hacía ni tres horas que habíamos comido. El cansancio era tal que, iluso de mí, pensé me quedaría dormido en seguida.

¡Y un cuerno!. Había cometido otro error más. El enésimo. Montamos la tienda en el cesped, sin piedras que se nos clavasen en la espalda, pero en pendiente. Que al montarla no parecía mucha pero una vez acostado te deslizabas hacia abajo.

En fin, entre eso y que Sandra pasó una noche infernal pasmada de frío pues afrontamos la ascensión dominical con pocos o ningún ánimo.

Pero ahí entra mi espíritu de sufrimiento. Y no es por alardear. Puedo no estar en la mejor de las formas físicas, puedo no ser un experimentado montañero, puedo no tener decenas de tresmiles a mis espaldas, pero algo de lo que sé que nunca careceré para ir a la montaña es capacidad de sufrimiento aún cuando las cosas se ponen difíciles.

Pero esa capacidad de saber sufrir, que muchas personas la tienen, y yo me vanaglorio de incluirme entre ellas. Me hicieron tomar la decisión de salir a las 7 horas de la mañana con Sandra rumbo a la cima del Tempestades. A pesar del tremendo cansancio y de los doloridos hombros.

Al menos sin la tienda ni los sacos el peso era mucho menor.

En seguida apareció el ibón superior de Llosás. 2500 metros, me tendreis que perdonar las imprecisiones con los nombres y las cifras pues no recuerdo donde demonios he metido el mapa de la zona Aneto.

Total, tras remontar unos centenares de metros más por una zona de hierba a la izquierda del ibón superior de Llosás, al fín divisamos la cima.

Mejor aún, era como el filo de una navaja. Ver la cresta formada desde el Tempestades, pasando por el Margalida y acabando en el Russell fue casi lo más espectacular de la ascensión.

Tedioso fue el tramo de interminables bloques de granito verdoso que tuvimos que salvar hasta llegar a las faldas del ¡¡¡Margalida!!!. Si, había vuelto a errar en la elección del itinerario.

Me explico. En esa zona de bloques graníticos no hay más que pilas de piedras apiladas para indicar el itinerario de ascensión a los picos. Y delante nuestro teníamos tres picos: el Tempestades, el Margalida y el Russell. Y yo interpreté que el camino por las faldas del Margalida me llevaría al Tempestades. Error.

Recuerdo el momento en el que, encaramado a lo alto de la cresta del Margalida, eché un vistazo por encima de las afiladas rocas hacia la vertiente norte y el tremendo viento me golpeó la cara. Ante mí tenía un precipicio de no se que burrada de metros de caida al abismo. Y allá abajo sólo había el glaciar del Tempestades y a la izquierda el del Aneto.

Es como si me viese, en un sueño, desde un helicópero allí pequeño e insignificante encaramado sobre aquella cresta con un precipicio detrás.

Fue sin duda el momento que más miedo pasé. Evidentemente no decidí ni atacar el Margalida ni el Tempestades por la cresta. No padezco de vértigo, pero os aseguro que ver ese panorama (bello eso no lo voy a negar) desde ahí arriba me acojonó. Aunque, como dije anteriormente, hay que sufrir y 'ya que se está aquí no hay más remedio que seguir por donde se pueda'.

Finalmente perdimos algo de altitud y trepando como Spiderman logramos llegar al sendero que ascendía al Tempestades. Cima y las fotos de rigor al Aneto, a esta cresta tan espectacular, al Ballibierna, al Posets y de vuelta a la tienda que ya erán más de las 12 horas y hacía un viento que tumbaba.

De regreso, con todo el cansancio acumulado, recogimos la tienda rápido y hacia el refugio.

Llegamos sobre las 16 horas al refugio y para redondear el fin de semana con un nuevo error, esta vez fue la parienta quien se equivocó (al Cesar lo que es del Cesar), pues decidimos que ya que estábamos encantados con los 15 quilos de las mochilas y frescos como una lechuga, no cogeríamos el autobús que bajaba y andaríamos de nuevo por la pista forestal hasta el Plan de la Senarta.

Gran idea.

Creía que nunca llegaríamos al coche y que jamás me quitaría la pesada mochila de mis castigados hombros, pero ese momento llegó y aunque he de decir que no planifique nada bien la ascensión al Tempestades: 'de errores también se aprende' y 'sin sufrimiento no sienta tan bien la victoria'.

Todo esto sucedió aquel verano del 2004. Lejos de los tiempos de crisis, lejos de la sequía, y con el tiempo ¿qué hemos ganado?...EXPERIENCIA.

 



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